Lección 1 – “La gran controversia: el fundamento”

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Lecciones de la Escuela Sabática

Cuarto  Trimestre de 2012:Crecer en Cristo”

Lección 1 – “La gran controversia: el fundamento”

Semana del 29 de Septiembre al 6 de octubre de 2012

Comentario auxiliar realizado por Sikberto Renaldo Marks, profesor titular en la cátedra de Administración de Empresas de la Universidad Regional del Noroeste del Estado do Rio Grande do Sul – UNIJUÍ (Ijuí – Río Grande do Sul).

Este comentario es sólo un complemento para el estudio de la lección original

 

Versículo para Memorizar: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre su simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).

 

Sábado de tarde: Introducción

 

En el día en el que Adán y Eva pecaron, el Señor Creador apareció en el Edén para notificarles a ambas partes, a la pareja y a Lucifer, que habría una guerra. El Señor le declaró la guerra a Lucifer, anunciando su lucha para recuperar la vida eterna para la primera pareja y sus descendientes. ¿Y qué fue lo que Dios dijo allí?

 

En primera instancia, al decir “pondré enemistad entre ti [la serpiente] y la mujer”, la enemistad significa que la mujer, Eva, no quedaría sometida a la serpiente. No le serviría por libre y espontánea voluntad, ni se doblegaría condicionándose a la voluntad de la serpiente. Es decir que la mujer mantendría vínculos con el Creador, pues había sido engañada, no se había rebelado sólo por su propia iniciativa. Ella había cometido apenas un pecado, y ahora se había convertido en un ser mortal, pero se resistiría a la voluntad de la serpiente. Lucifer, con su engaño, no había conquistado el corazón y la fidelidad de la mujer.

 

El festejo gozoso que Satanás pensaba llevar a cabo por engañar a la pareja se terminó abruptamente con esta declaración de enemistad. Seguramente se imaginaba que desde ese momento dominaría por completo en este mundo, pero se dio cuenta que no sería así. Pensó que con la caída de la primera pareja había probado que la Ley de Dios no era perfecta, como estaba publicitando, y que no todos la podrían obedecer para siempre. Y aún más: se gozaba con el hecho de que Dios ahora debía matar a la pareja. Pero cuando supo que Jesús asumiría la muerte que le correspondía a la pareja, y que encima tendría que luchar con él, Lucifer percibió la dimensión de lo que había hecho. Tendría nuevamente que enfrentar a Aquél que ya lo había derrotado en el cielo. Y se dio cuenta que la Ley era tan buena que el amor del Creador por la pareja había creado una solución tan original que nadie, ni siquiera los ángeles buenos o malos, habían imaginado: el propio Creador moriría por sus criaturas.

 

Pero Dios dijo algo más: la enemistad no se limitaría únicamente a la mujer, que algún día moriría, sino que se extendería a sus descendientes. En otras palabras, siempre habría descendientes de ella fieles a Dios, algunos de los cuales conocemos por nombre, tales como Enoc, Job, la familia de Noé, y –más adelante– la familia de Abrahán y sus descendientes, quienes conformaron el pueblo de Dios; mucho más tarde, es pueblo se convirtió en la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Esta iglesia todavía está trabada en lucha contra la serpiente, y no se somete a ella. Por el contrario, considerándola una enemiga, su lucha consiste en quitarle personas para el Reino de Dios.

 

Entre esos descendientes, Dios se enfocó en El Descendiente, uno de esos descendientes que Él mismo, El Señor Creador, haría de Él una persona especial: el Señor Jesucristo, quien vendría al tiempo determinado para una confrontación directa contra la serpiente. Él mismo anunció el resultado de esa batalla: Él saldría herido en el calcañar, sería crucificado y muerte, permaneciendo en ese estado hasta el tercer día. Entonces resucitaría victorioso contra Satanás y contra la muerte eterna, para así convertirse en el Salvador del mundo. La herida en la cabeza de la serpiente significa que aquella crucifixión resultaría en la pena de muerte para la serpiente, y su condenación al infierno para ser destruida por el fuego, conformándose su derrota definitiva.

 

Al referirse a la descendencia de la serpiente, el Señor habló de sus seguidores, pues siempre los habría. Desde Caín y Abel siempre hubo una batalla entre las dos descendencias, entre los así llamados “hijos de Dios” y los “hijos de los hombres”. Los hijos de Dios siempre han sido minoría, pero nunca han dejado de existir. En los tiempos del Diluvio sólo quedaron al menos ocho personas como descendencia de la mujer. De esa descendencia vino el Descendiente, como formando parte del linaje de aquellos que mantendrían la enemistad contra la serpiente. Hoy, la mujer –inicialmente Eva, madre de la raza humana– es la iglesia pura y obediente. Estamos por librar la última batalla, el Armagedón, cuyo resultado también ha sido anunciado por Dios en Apocalipsis 17:14.

 

Domingo: La controversia y sus participantes

 

¿Quiénes son los participantes involucrados en este gran conflicto milenario? ¿Y quiénes son los actores secundarios?

 

Los dos seres involucrados son Lucifer, el desafiante; y Jesús, que es Dios, de quien Lucifer ambicionó el trono. Todavía en el cielo, junto al trono del universo, Lucifer era el principal de los seres creados. Ejercía altas responsabilidad, de elevada honra. Era quien velaba por la adoración al Dios Triuno, tanto en lo ceremonial como en la alabanza. “Perfecto eras en todos tus caminos desde el día en que fuiste creado; hasta que se halló en ti maldad” (Ezequiel 28:15). “Mientras todos los seres creados reconocieron la lealtad del amor, hubo perfecta armonía en el universo de Dios.  Cumplir los designios de su Creador era el gozo de las huestes celestiales.  Se deleitaban en reflejar la gloria del Todopoderoso y en alabarle.  Y su amor mutuo fue fiel y desinteresado mientras el amor de Dios fue supremo.  No había nota discordante que perturbara las armonías celestiales.  Pero se produjo un cambio en ese estado de felicidad.  Hubo uno que pervirtió la libertad que Dios había otorgado a sus criaturas.  El pecado se originó en aquel que, después de Cristo, había sido el más honrado por Dios y que era el más exaltado en poder y en gloria entre los habitantes del cielo.  Lucifer, el “hijo de la mañana,” era el principal de los querubines cubridores, santo e inmaculado.  Estaba en la presencia del gran Creador, y los incesantes rayos de gloria que envolvían al Dios eterno, caían sobre él” (Patriarcas y profetas, p. 13).

 

Lucifer gozaba de elevada credibilidad entre los demás ángeles y criaturas. Al fin y al cabo, él era quien estaba más cerca de Dios. Debido a esta situación, debió haber tenido cuidado con sus pensamientos, siendo que era un ser libre. Así se generaron las condiciones para que dos hechos terminaran siendo una realidad: la conformación de pensamientos egoístas en Lucifer y el desarrollo gradual de un gran poder para engañar que llegó a tener, por estar junto a Dios. Su magnífico poderío intelectual y su elevada posición, cuando fueron falsificados por pensamientos egoístas y se volvieron poderosos para planificar su rebeldía, para que sus ideas fueran más fáciles de aceptar por otros ángeles. Si nos corrompemos, cuantas más altas sean nuestras responsabilidades, mayor será el daño que eso causará.

 

Lucifer se veía a sí mismo a un paso de ser Dios. Al fin y al cabo, según él, estaba entre el Rey del Universo y los demás seres creados. Pero entre ese Rey y él había una distancia infinita en competencias y capacidades. En realidad, ser como Dios es algo imposible, pues él era una criatura. Por más poderosa que sea una criatura, siempre dependerá del poder de su Creador, el cual será infinitamente superior. ¿Desde cuándo una criatura, aun siendo muy poderosa, tendría capacidades para crear a un ser vivo, aunque fuera como una pulga? Jamás una criatura se podría transformar en Creadora: hay una distancia infinita entre quien siempre ha existido y quien haya sido creado por Él.

 

Lucifer terminó cegado por el deseo de obtener mayor honra de la que ya poseía. Quiso ser “semejante al Altísimo”, o sea, ocupar el lugar de Jesús. Allí tenemos, en palabras que no logran explicar todo, el génesis del gran conflicto. El momento álgido del conflicto fue la cruz. Allí el universo presenció una batalla impresionante para los patrones de lucha en nuestro mundo, donde según el evolucionista Darwin, siempre debe existir la lucha y la victoria del que es físicamente más fuerte. Pero eso no fue lo que ocurrió en la cruz. Allí venció el mentalmente más obediente; mejor aun, el obediente perfecto. De nada allí valió la fuerza física, pues Jesús se despojó de ella, de nada valieron sus poderes que poseía como el Dios que nunca había dejado de ser. Murió como un ser humano humillado, y así conquistó la mayor de todas las victorias de todos los tiempos. En el Reino de Dios lo correcto es ser obediente por amor. Según ese criterio, a Jesús le fue atribuida la victoria.

 

Hay otros actores: somos nosotros, los seres humanos, y los ángeles buenos y malos. Nosotros, perjudicados por la caída de nuestros primeros padres –lo que nos hizo pecadores y mortales–; los ángeles malos, que se alinearon con el poder engañador de Lucifer; y los ángeles buenos, porque forman parte del ejército celestial. También están los espectadores, el resto de los seres creados del universo.

 

Entre los seres creados, hay algunos actores que están más decididamente involucrados. En la actualidad son los Adventistas del Séptimo Día, pues con la Biblia en la mano, cumplen con la orden de rescatar a otras personas que están bajo el dominio de Lucifer. Del otro lado, los líderes de la moderna Babilonia, el sistema religioso que continúa seduciendo a las personas con su astuto y gigantesco poder para engañar. A modo de resumen, la lucha es el mal contra el bien, la mentira contra la verdad.

 

Lunes: La caída de Lucifer

 

“Bajo la dirección de Dios, Adán debía quedar a la cabeza de la familia terrenal y mantener los principios de la familia celestial.  Ello habría ocasionado paz y felicidad.  Pero Satanás estaba resuelto a oponerse a la ley de que nadie ‘vive para sí’ (Romanos 14:7). El deseaba vivir para sí. Procuraba hacer de sí mismo un centro de influencia. Eso incitó la rebelión en el cielo, y la aceptación de este principio de parte del hombre trajo el pecado a la tierra” (Consejos para los maestros, padres y alumnos, p. 33). Lo que Satanás pasó a anhelar para sí mismo fue la autoridad y poder iguales a los de Dios. Dijo ansiar ser semejante al Altísimo. De una fantasía pasó al deseo concreto, y entró en una campaña política para granjearse seguidores. Cuántos logró engañar inicialmente, no lo sabemos, pero los que se quedaron con él fue un tercio de la hueste angélica. Muchos ángeles retornaron, antes de la expulsión, con Dios.

 

El planteo fundamental que hizo que Lucifer se convirtiera en Satanás fue la transgresión del décimo mandamiento: “No codiciarás”. El codició ser como Dios. Quiso ser adorado. Probablemente, así como sucedió con él, sucede con el ser humano. Primero es sólo una fantasía aparentemente inocente. Pero al ser acariciada se transforma en un plan, y con el tiempo surgen actos concretos en procura del logro de la ambición egoísta. La codicia siempre se inicia en el terreno del pensamiento, y puede desembocar en una realidad desastrosa. Mientras que el primer mandamiento nos advierte que no tengamos otros dioses, por el simple hecho de que no existen otros dioses, el último nos alerta para que nosotros mismos nos convirtamos en dioses. Lo que le sucedió a Lucifer le sucede todos los días a los seres humanos que se mantienen rebeldes.

 

A continuación, las cosas se complicaron. ¿Cómo se puede querer algo que por derecho no se puede tener o ser? Para luchar por ello es necesario, obviamente, mentir. Es imposible el logro por medios honestos de aquello que no nos pertenece. Aquí hay que mencionar al noveno mandamiento: “No dirás falso testimonio”, o sea, no mentir. La mentira es la estrategia para intentar obtener lo que es indebido. Satanás conquistó para su lado a muchos ángeles mintiendo. Y la mentira más obvia era atacar la Ley de Dios, que es reflejo de su Carácter. ¿Habría acaso otra estrategia posible para intentar conquistar a los ángeles de su lado? No.

 

En nuestro tiempo, la situación se va repitiendo indefinidamente. Son los orgullosos, los arrogantes, los centrados en sí mismos, los que desean ser más que los demás. Por ejemplo, en la iglesia muchos piensan hacerse una carrera. En el caso de los miembros, comienzan pensando obtener algún cargo inferior, y se ilusionan con la idea de ir subiendo hasta llegar al cargo de primer anciano. En el caso de los pastores, se comienza como pastor distrital, y muchos se imaginan pronto logrando un cargo de departamental en la Asociación, luego la presidencia, la Unión, la División, y ¿quién sabe? Tal vez algún alto cargo en la Asociación General.

 

La probabilidad de convertirse en orgulloso aumenta en el caso de los que recién son bautizados, si reciben enseguida uno o más cargos en la iglesia. Así sucede en las empresas. Frecuentemente alguien que recién se lo ha contratado es promovida, y toda su familia no deja de hablar del tema, llena de orgullo. Pero ese problema no sucede únicamente con los neófitos (recién convertidos), sino también se da con una proporción enorme con los más antiguos. No sucede eso en el caso de los que son humildes. ¿O no se hacen mención en las Juntas de Nombramientos de casos en los que las personas no están dispuestas a entregar el cargo que han recibido, o se incomoda, o se enojan, en el caso de que no se les renueve en el cargo? Algunos piensan que el cargo es vitalicio. Otros piensan que nada puede funcionar sin el modo en cómo ellos hacen las cosas.

 

La advertencia de Pablo es que no caigamos en el mismo error de Lucifer. O sea, queriendo ser más de lo que somos, terminemos en la desgracia de la rebeldía y la consiguiente desobediencia.

 

Martes: El arma de Dios

 

Ya hemos comentado el versículo bíblico de Génesis 3:15. Comentaremos ahora los recursos empleados en esa gran guerra, ya sea de parte de Dios, como de parte de Satanás. Sobre las armas del cristiano, las estudiaremos en detalle más adelante, en la Lección 7, en el mes de noviembre.

 

El arma de Dios no puede ser Jesús, tal como piensa el autor de la lección. Jesús es una Persona, por lo que no puede ser un arma. Él es el Gran General, también denominado Comandante. El arma es un instrumento de lucha, a través del cual se derrota al enemigo. ¿Y cuál es el arma, entonces? En el caso de esta guerra, es la obediencia a los mandamientos, o –simplemente– el mantenerse fiel, tal como lo hizo Jesús. Por la desobediencia, Adán y Eva cayeron; por la obediencia de Cristo, Satanás fue derrotado en la cruz.

 

¿Y cuál es la estrategia de guerra de Dios? Pues bien, la estrategia es el modo en cómo se lleva a cabo la guerra para obtener la victoria. La estrategia de Jesús fue presentarse delante de Satanás, como desafiando sus mentiras. Satanás podía hacerle a Jesús lo que deseara, a fin de que el Comandante, en algún punto, desobedeciera su propia Ley, la que Satanás desafiaba diciendo que era imposible siempre obedecer. Adán y Eva, en cierto modo sirvieron como prueba aparente de esa acusación. Jesús debía desmentirla. Se expuso al cargar nuestros pecados, pero eso formaba parte de su estrategia. Tenía que presentarse delante de Satanás como culpable, en nuestro lugar, para ser amenazado por una hueste de demonios y de hombres, desafiado a mantenerse obediente a la Ley, o sea, amando a sus peores enemigos hasta la muerte. Ese era el desafío. Él perdonó en el peor momento de la batalla, en la prueba de fuego. Como Él venció, adquirió dos derechos: el de salvar a quien quisiera, y el de condenar a los impíos y a Satanás y sus huestes. La culpa era la nuestra, pero Él fue quien lucharía. También formó parte de la estrategia que Jesús luchara como un ser humano, no como Dios, tal como fue la primera confrontación, todavía en el cielo, en la que Lucifer, junto a sus ángeles, fue expulsado.

 

Así fue aquella batalla en la cruz. El comandante se presentó sólo, para demostrar obediencia, lo que tendría que hacer hasta el momento final de su vida.

 

¿Y cuáles fueron los recursos de Satanás? Él también es el comandante de las fuerzas rebeldes, compuestas por ángeles rebelados (que fueron engañados, pero una vez aclaradas las cosas prefirieron arriesgarse manteniéndose del lado del error, pues ya habían sido contaminados por el orgullo), y la mayoría de los seres humanos (en la misma situación que los ángeles, con respecto al engaño).

 

Los ángeles que permanecieron del lado de Lucifer, en aquella primera confrontación –tal como el propio rebelde original– fueron todos bien apercibidos por el propio Jesús y por Dios. Entendieron todo bien, sobre cómo reinaba Dios y que su Ley era buena para vivir en perfecta libertad. Recordemos, en esencia, la Ley de Dios consiste en amar a todos. Pero así como su comandante Lucifer, estos ángeles ya habían desarrollado una debilidad fatal: el orgullo. Esa debilidad también se apropia de los seres humanos. Elimina la humildad, condición esencial para ser ciudadano del Reino de Dios. Los seres que habitan con Él son todos humildes, así como lo son todos los habitantes del universo, menos los habitantes de la tierra, con raras excepciones. El orgullo genera en la persona una clase de vergüenza traicionera movida por el deseo de no admitir un fracaso o que se ha cometido un error, lo que impide el arrepentimiento e inhibe la capacidad de pedir perdón o incluso de sentir el deseo de sentirse perdonado. El orgulloso jamás admite que se equivocó, y muchos menso la necesidad de arrepentimiento y perdón. Un orgulloso, si no cambia, seguirá el mismo camino de Lucifer y sus ángeles: siempre hacia abajo, hasta la muerte. Cuidado con el orgullo, fue eso lo que le impidió a Lucifer y sus ángeles retornar a su estado de perfección.

 

La principal arma de Satanás es la mentira. Lo que él publicita parece ser muy bueno, pero es falso. Así él actúa desde el principio, junto a sus ángeles. Un tercio de ellos cayó en su palabrerío. Los seres humanos son mucho menos inteligentes que los ángeles, ahora están en el estado de pecadores frágiles, por eso la proporción de los que caen en sus mentiras es mucho mayor que un tercio. Una idea de esa proporción puede ser vista en cuántos entraron al arca con Noé, o cuántos se salvaron en Sodoma y Gomorra. Esa debiera ser, aproximadamente, la proporción de los que se salvan. Y los que se pierden, en gran medida caerán por el orgullo, que les impide volver al lugar en donde se encuentran. Hay un pariente del orgullo, y que actúa del mismo modo, y es la idolatría del Yo.

 

Una de las estrategias de Satanás en contra del ser humano es el temor. Él se vale de esa condición para dominar a las personas. También usó esa estrategia contra Jesús en el desierto de la tentación así como en la cruz. En ambas situaciones Jesús sintió el horror de estar solo, y eso ampliado por las amenazas y venidas del enemigo. A Satanás le gusta mucho asustar, de hacer indecisas a las personas indecisas, temerosas, pues eso los debilita y los vuelve frágiles y vulnerables. Es el miedo al infierno, al purgatorio, a la pérdida del empleo, a la violencia, etc. Forma parte el uso de la violencia como sucedió con Jesús, y en la Edad Media contra los mártires.

 

Pero Dios tiene otra arma muy poderosa, que Él nos ha dado gratuitamente y que cabe en la menor de las palabras: fe. Esta no es un arma de ataque, sino de defensa, a través de la cual permanecemos del lado correcto. Además, nosotros no tenemos que preocuparnos en que Satanás nos ataque; eso Jesús ya lo ha hecho. Lo que nos corresponde hacer es salvar vidas para vida eterna. Por la fe es que todos vencieron y fueron victoriosas en contra de las fuerzas del enemigo.

 

Esta guerra parece casi imposible de vencer, pero –en rigor de verdad– incluso es muy fácil. Nuestro mayor enemigo es el orgullo, o sea, nosotros mismos. Pero no somos nosotros los que debemos luchar contra ese enemigo, sino que eso lo hace nuestro Comandante por nosotros. Las armas que necesitamos de Él nos las brinda gratuitamente. Entonces, ¿qué es lo que debemos hacer? Entregarnos a Jesús para que el Espíritu Santo nos transforme, nos rehaga al estado original y que nos defienda. Lo que Dios hace con nosotros debemos testificarle a los demás. Tenemos que testificar de lo que Dios hace por nosotros, para que ellos también puedan vencer. En síntesis, para vencer sólo hace falta eso.

 

Pero ¿cuántos son los que prefieren esperar un poco para disfrutar las delicias eternas del Cielo en lugar de gozar las ilusiones aquí en la tierra? ¡Ese es nuestro problema!

 

Miércoles: La pelea de Satanás

 

Podemos divisar dos grandes fases en la batalla de Satanás. La primera, optimista; la segunda, realista, según la cual cuanto más nos acerquemos al final, más se convertirá en desesperante.

 

En la fase optimista, que sucede desde el propio comienzo de sus ideas de rebelión, hasta que la primera derrota –cuando fue expulsado– seguramente pensó lo que dicen las Escrituras: “Seré semejante al Altísimo”. Pero no terminó siendo así. Cayó en la cuenta de que, viéndose sin gloria y honor, era mucho menos semejante a Dios.  Estaba inmerso en un caos donde él y sus ángeles se ofendían mutualmente, al darse cuenta del error y sufriendo a causa del orgullo. El proyecto había acabado mal. Entraron en la segunda fase, la de la dura realidad, lejos de Dios. El sueño había terminado, y la realidad se mostró cruel y sin visos de mejorar. Pero continuaron luchando, con determinación, aun cuando no había otra alternativa. Ahora la guerra añadía otro componente más: el del deseo de venganza sobre alguna criatura de Dios, e hicieron eso con la primera pareja creada en nuestro planeta.

 

En su lucha desesperada, Satanás emplea sus tácticas de ataque. La lección destaca tres tácticas de guerra. En la primera, el procura hacer la gloria de Dios semejante a la gloria de los hombres. Lo logra de diversas maneras, tales como: comparar a Dios con los hombres; explicar a Dios a través de argumentos filosóficos humanos; explicar la creación de Dios mediante la teoría de la evolución; vulgarizar todas las cosas relacionadas con Dios; interpretar la Palabra de Dios desde un punto de vista meramente humano; descuidar el cuerpo como templo del Espíritu Santo; no respetar las leyes de Dios; vivir de manera intemperante; el sensualismo y la irreverencia; ponerse en lugar de Dios, y muchas otras más.

 

La segunda manera de destruir la verdad de Dios es la vulgarización del cuerpo, ya sea a través de adornos ridículos, o por la alimentación inapropiada; ya sea por la sensualidad o por la autocomplacencia u otras formas más. La tercera manera de destruir la verdad es el ofrecimiento de sacrificios a los demonios. En los antiguos templos vemos una gran actividad en tal sentido. Hoy aun persiste en el continente africano, donde viven buenas personas que quizá estén siendo fieramente atacadas por Satanás. Allí él ha avanzado mucho y no por casualidad. Tenemos que entender que donde él más ataca es porque allí hay motivos reales para hacerlo. Los africanos conforman con seguridad el conjunto de pueblos más sensibles a la espiritualidad. Si Satanás se descuidara con ellos, pronto se formaría una potencia espiritual para Dios. Entonces allí los ha atacado fuertemente, con –por ejemplo– prácticas rituales como las del vudú, que se esparció, a través de Haití, en América del Norte, y allí el ritual y la música influyeron en los ritmos basados en tambores que hoy dolorosamente se ha insertado en nuestra iglesia adventista, conforme a la profecía de Elena G. de White. Además de esas tres maneras de atacar la verdad, ciertamente hay muchas otras.

 

¿Cómo combatió Satanás a Jesús? De diversos modos, algunos de ellos descriptos en la lección, tales como: intentar matar al niño Jesús; las tentaciones en los días de ayuno en el desierto; utilizando a Pedro –también a Judas– para desviarlo de su misión e intentar desafiarlo a evitar la cruz. Pero ejerció muchos otros ataques en su intento de hacer que Jesús se equivocara o para derrotarlo. Por ejemplo, intentaron matar a Jesús en reiteradas oportunidades, antes de tiempo, evitando que su plan se cumpliera conforme lo prevista. Muchas veces los sabios intentaron atrapar a Jesús en alguna palabra en los debates que provocaron. Intentaron raptarlo luego de la multiplicación de los panes para proclamarlo rey. Convirtieron su Templo en un mercado, provocándolo a una reacción que podría ser impopular. Intentaron desacreditarlo respecto de su obediencia a la Ley, especialmente en lo relacionado al sábado. Y hubo muchos otros ataques para llevar a Jesús a alguna falla, cualquiera que fuese. Para convertirse en Salvador Jesús debía, no solo mantenerse obediente al amor en la cruz, sino que no podía cometer ni una sola falla a lo largo de su vida como ser humano. Si fallaba, aun en un punto sin importancia, no podría ser aceptado como Redentor por su Padre en un Reino perfecto. Uno que había fallado no podía interceder por otros en el mismo estado.

 

La batalla de Satanás, en los tiempos de Jesús podemos resumirla en su intento de que Jesús cometiera algún desliz, aunque fuera mínimo, para inutilizar su obra. En cierto modo, esta táctica todavía la utiliza hoy, con los siervos de Dios que llevan el evangelio a todo el mundo.

 

Jueves: Destinos

 

Fuimos creados como seres libres, por lo tanto, capaces de tomar decisiones racionales. Una decisión racional es que se ha tomado basada en datos y conocimiento, y en la que hubo una reflexión sobre sus consecuencias. La gran facultad de un ser libre es decidir, o –tal como lo dice la lección– hacer una elección.

 

La gran elección que está siempre delante de cada ser humano es la de la vida. Hay dos opciones: placer transitorio aquí y muerte eterna; o camino estrecho aquí y vida eterna. La primera implica la vida y el aprovechamiento de los placeres del mundo mientras se tenga salud, y luego la muerte sin esperanza alguna. La segunda, implica una vida aquí siempre abandonando placeres aparentes, pero una vida más larga, con mejor salud y con esperanza de alcanzar la vida eterna, donde allí sí se disfrutarán delicias que aquí ni siquiera podemos imaginar.

 

A nosotros, los adventistas del séptimo día, nos corresponde exponer este dilema a todo el mundo. Para que el mundo crea que este mensaje es verdadero, además de explicarlo con palabras, debemos ejemplificarlo con nuestro testimonio práctico de vida. Porque, ¿quién sería tan estúpido de abandonar placeres, aun transitorios, para vivir restringiéndose todo el tiempo, con una salud en nada mejor a la de los demás, pareciendo no tener una esperanza de un futuro superior, cosas que indica que la tal vida eterna es apenas una suposición? A causa de un testimonio contradictorio con el mensaje que predicamos es que muchos no creen en lo que enseñamos.

 

En la última confrontación entre Dios y Lucifer antes del cierre de la puerta de la gracia, el ejército de Dios no utilizará la fuerza, aun cuando el enemigo lo haga. Nuestra misión en esta guerra es proclamar con urgencia, a todo el mundo, de la importancia de tomar la decisión de la vida. Y la importantísima cuestión involucrada será a quién se adorará, a Dios o a Satanás. Después de esa proclamación final, durante las plagas y los mil años que seguirán, allí sí se empleará la fuerza. Pero no de nuestra parte. De nuestro lado, sólo actuará el poder de Dios, quien castigará y destruirá al enemigo y sus adeptos.

 

Estamos hablando de la proclamación del fuerte pregón, o sea, del mensaje que se dará al mundo, especialmente en el período entre el decreto dominical y el fin del tiempo de gracia. Este período también se denomina “lluvia tardía” o derramamiento del Espíritu Santo. Será el último mensaje al mundo. Culminará con la conclusión de la obra evangelística en el mundo, por el que concluirá el tiempo de gracia. Este final consistirá en la toma de una decisión consciente de parte de cada ser humano. Cuando todos hayan decidido de qué lado quedarán, entonces ya no habrá necesidad de predicar más, pues sería inútil. Desde ese momento Dios podrá derramar sus juicios sobre la tierra.

 

La lógica nos dice lo siguiente: si somos adventistas, nuestra preparación espiritual debe culminar mucho antes de la llegada del decreto dominical, pues desde ese momento en adelante deberemos ser el pueblo más activo de parte de Dios de todos los tiempos. Y la preparación involucra hacer aquello que haremos después de la promulgación del decreto dominica, o sea, de algún modo, cada uno, llevar el mensaje de salvación a los que aun permanecen bajo el poder del engañador.

 

Viernes: Aplicación del estudio

 

Analizaremos una cita de Elena G. de White, incluida en el folleto de la lección, muy bien escogida. Haremos un esquema partiendo de ese texto. Hacer una síntesis es un excelente modo de estudiar y fijar conocimientos.

 

¿Cómo es la Biblia y cuál es su mensaje para nosotros?

 

  1. Se explica por sí misma;

 

  1. Un texto debe ser comparado con otro. De allí surgen la comprensión y la expansión del conocimiento no distorsionado de la verdad;

 

  1. Debemos analizar la Biblia como un todo, no en partes desvinculadas del resto e inconexas entre sí;

 

  1. No se pueden extraer partes de la Biblia separadas de su contexto ni interpretarla en contradicción con otras partes de la Biblia. Por ejemplo, en el caso de la parábola del rico y Lázaro, en la cual muchos basan la existencia del infierno, el purgatorio y la inmortalidad del alma, una interpretación forzada confronta con muchas otras partes de la Biblia. Tal vez lo más importante de esta porción es que en el versículo 31 Jesús deja bien en claro que Lázaro estaba muerto (ver Lucas 16:19-31).

 

  1. Es muy importante prestar atención a la relación entre las partes; eso significa que debemos comparar un versículo con otro que trate el mismo tema;

 

  1. Más importante aun es entender el tema central de la Biblia, que trata el gran conflicto entre Lucifer y Dios, y el plan de salvación de la raza humana, que a su vez es central en la muerte de Jesús en la cruz.

 

  1. Comprender también que hay un gigantesco conflicto aun en el futuro, entre el bien y el mal, pero cuya victoria ya está determinada, y que nosotros formamos parte de ese conflicto.

 

En síntesis, podemos resumir la lección de esta semana en una frase: a causa de la ambición de Lucifer, el cielo y la tierra se involucraron en una guerra de principios, y en razón de la actitud de amor de Cristo, nosotros podemos escoger entre la vida eterna y la muerte eterna.

 

Prof. Sikberto R. Marks

 

Escrito entre los días 22 y 28 de agosto de 2012

Revisado el 3 de septiembre de 2012

Corrección del texto original por Jair Bezerra.

Traducción al español: Rolando D. Chuquimia

RECURSOS ESCUELA SABÁTICA ©

recursos.escuelasabatica@gmail.com

24 de septiembre de 2012

 

 

 

 

Declaración del profesor Sikberto R. Marks

 

El prof. Sikberto Renaldo Marks se orienta por los principios denominacionales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y sus instituciones oficiales. Cree en la conducción de Cristo como Comandante supremo de la Iglesia y en la de sus siervos aquí en la tierra. No está de acuerdo con todas aquellas publicaciones que, a través de internet o de otros medios, denigran la imagen de la iglesia bíblica y que en nada contribuyen a que las personas sean estimuladas al camino de la salvación. El profesor ratifica su fe en la totalidad de la Biblia como Palabra de Dios, y en el Espíritu de Profecía, como un conjunto de orientaciones seguras para la comprensión de la voluntad de Dios y como texto superior a todos los demás escritos sobre asuntos religiosos. Entiende que hay siervos sinceros y fieles a Dios en todas las iglesias que, al final de los tiempos, se reunirán en un solo pueblo y serán salvos por Jesús en su Segunda Venida a este mundo.

1 comment for “Lección 1 – “La gran controversia: el fundamento”

  1. Maio 6, 2013 at 2:42 pm

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